Mi abuela siempre decía que el romero “pone orden en todas partes”: en la casa, en el aire e incluso en la cabeza. Lo usaba para perfumar después de limpiar, enjuagarse el cabello los fines de semana o simplemente crear una atmósfera suave al final del día.
Aún hoy, este gesto me recuerda que cuidarse no requiere necesariamente productos complicados, sino a veces sólo una sartén en la estufa y un poco de tiempo para uno mismo.