Marta volvió a cruzar frente al armario, esta vez visible por la rendija, cargando una cubeta de hielo. Paso despacio. Sus ojos no miraron a la rendija, pero su mano rozó el marco de la puerta, apenas un toque, como quien dice: “Aguanta”.
Ricardo apretó la mandíbula. Aguantar era lo único que podía hacer… por ahora.
Los siguientes minutos fueron una tortura.
Elena y Alfonso siguieron hablando, bebiendo, planeando detalles. Y cuanto más hablaban, más claro se regresaba: no se trataba solo de una aventura, sino de un robo y un asesinato premeditado.
Ricardo necesitaba una prueba. Una sola cosa que no fuera palabra contra palabra.
Y entonces, como si el destino le diera una rendija de luz, vio a Marta pasar de nuevo, esta vez con un pequeño objeto en la mano: un llavero metálico.
El llavero cayó “accidentalmente” al piso cerca del sofá, con un tintineo apenas audible.
Alfonso se agachó.
—¿Qué es esto?
Marta se apresuró desde el pasillo.
—Perdón, don Alfonso. Se me cayó.
Ricardo casi se desmaya: Marta le había llamado “Don Alfonso” con respeto, como siempre… pero en su voz había un filo. Un mensaje.
Alfonso le devolvió el llavero sin mirarla.
—Ten más cuidado.
Marta asintió y se retiró.
Y cuando giró la esquina… Ricardo vio el destello.
Una cámara diminuta.
Un “llavero” con lente.
Marta había colocado una microcámara.
Ricardo sintió que por primera vez en la noche, el aire regresaba.
Marta estaba grabando.
Hacer.
Esperaron.
Ricardo no supo cuanto. Una hora, dos. El tiempo se derritió.
Hasta que Elena bostezó.
—Me voy a dormir. Mañana será un día largo.
Alfonso la abrazó por detrás.
—Mañana… por fin.
Elena bebió el último trago.
—Y Marta… la despedimos después. No quiero testigos viejos.
Ricardo cerró los ojos un segundo.
“El despedimos.”
Marta estaba en peligro real.
Elena apagó algunas luces. Quedaron lámparas mínimas. Silencio, pasos hacia la escalera, una puerta arriba cerrándose.
Alfonso caminó hacia la salida trasera.
Y cuando el sonido de la puerta se apagó por completo, la casa quedó como un mausoleo.
Ricardo esperó diez respiraciones. Veinte.
La puerta del armario se abrió.
Marta apareció, pálida, sudando, pero con la mirada firme.
—Ahora —susurró—. Venga conmigo.
Ricardo salió como un animal herido. Las piernas le temblaban. Quiso correr hacia las escaleras, hacia su esposa, hacia la rabia… pero Marta lo detuvo.
—No, don Ricardo. Si la enfrenta… ella lo mata. No mañana. Hoy. Tiene pastillas, tiene veneno, tiene… gente.
Ricardo la miró, devastado.
—¿Cuánto tiempo lo sabes?
Marta tragó saliva.
—Semanas. La escucha por accidente. Quise irme. Pero… —sus ojos se humedecieron— usted me dio trabajo cuando nadie me lo daba. Usted pagó el tratamiento de mi hermana sin pedir nada. Yo… no podía dejar que muriera así.
Ricardo sintió una punzada en la garganta. No era el momento para emociones, pero se le escapó una sola palabra:
—Gracias.
Marta asintió.
—Agarra todo. Está en la nube. Y también lo envié a un contacto de confianza… por si me pasa algo.
Ricardo apretó la mano de Marta.
—Vámonos. Ahora.
—No por la puerta principal —dijo ella—. Hay cámaras. Y el guardia… está comprado.
Ricardo recordó al guardia nocturno. “Tan leal”. De pronto todo era sospechoso.
Marta lo llevó por un pasillo de servicio hasta una puerta pequeña junto al lavadero. Salieron al jardín trasero. El aire frio de la noche lo golpeo como una bofetada.
En la parte más oscura, detrás de unos setos, había un coche viejo: el de Marta.
—Suba —dijo ella.
Ricardo dudó un segundo. Él, el millonario, subiendo al coche humilde de su empleada, huyendo de su propia casa.
Pero esa noche, el dinero no valía nada.
Subió.
Marta arrancó sin encender luces, lenta al principio, luego más rápido cuando dejaron atrás la reja trasera.
No hablaron hasta estar lejos. Hasta ver la mansión convertirse en una sombra.
Ricardo, con la mirada fija hacia adelante, susurró:
—¿A quién se lo enviaste?